En su primera grabación mundial, el Concierto de Nin-Culmell se nos revela gracias a la gran aportación de la Orquesta Sinfónica de Cuba con su director titular Enrique Pérez Mesa y el pianista Daniel Blanch como una obra que se desarrolla discursivamente bajo un clima un poco pueril, con puntos fantasiosos y sorpresas como la introducción, parecida al espíritu de las sardanas. La obra se fundamenta en la hábil correlación entre piano y orquesta, la desarrollada organización de los materiales y la aplicación de colores, que hacen surgir una sensibilidad y vivacidad partícipes de Falla y Dukas.

Igualmente válida y complementaria a la antológica versión de Alícia de Larrocha, la lectura del Concierto Breve de Montsalvatge nos lleva a la prosopopeya posromántica –en este caso Rachmaninov- en el Energico inicial donde Stravinsky se vislumbra en los ritmos y Ravel en los timbres. Este último también nutre el Dolce con un sensual saxofón en los primeros compases de un movimiento que se cierra con una monumental cadencia pianística de proporciones orquestales -donde Blanch hace gala de su escuela romántica,- que se enlaza con la imitación de la gracia de la guitarra y la vivacidad mediterránea en un estilo rapsódico que toma forma como conclusión.

La propina, forzosa ante el breve minutage de ambos conciertos, es la Alborada en Aurinx para piano solo de Montsalvatge. Una pieza bastante desconocida que emplea un lenguaje libre y atonal que Daniel Blanch sirve con la gran habilidad técnica, nitidez e impulso que definen su trayectoria.

Albert Ferrer i Flamarich
Catclassics

 

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